
Por: Daniela Álvarez
En México, para miles de mujeres en nuestro país, ser madre también significa cargar con la insoportable ausencia de un hijo desaparecido, recorrer fosas clandestinas con las propias manos y enfrentar la indiferencia de un Estado que les ha fallado una y otra vez.
Las llamadas «madres buscadoras» no tendrían que escarbar en la tierra con sus propias manos ni exigir justicia ante autoridades que, en el mejor de los casos, las ignoran y, en el peor, las criminalizan o las amenazan. Sin embargo, en un país donde la crisis de desapariciones sigue en ascenso, ellas han asumido una labor que le corresponde al Estado: encontrar a sus seres queridos.
El dolor que cargan estas mujeres es también el dolor de un México roto, de un país donde la impunidad es la norma y la justicia una quimera. No hay cifras exactas sobre cuántas madres buscan a sus hijos porque, en realidad, cada día se suman más. La tragedia de la desaparición no distingue estrato social, región ni edad: es una llaga que sigue creciendo ante la omisión y negligencia gubernamental.
La respuesta institucional ha sido insuficiente y, en muchos casos, hasta cínica. Las fiscalías estatales y la mayoría de lasComisiones de Búsqueda del país, han mostrado una ineficacia preocupante, mientras que las medidas de protección para las madres buscadoras siguen siendo endebles. Muchas han sido asesinadas por atreverse a buscar la verdad, convirtiéndose en nuevas víctimas de la violencia que se supone estaban combatiendo.
Desde el Poder Legislativo, tenemos la obligación de alzar la voz y exigir no solo la búsqueda inmediata de los desaparecidos, sino también justicia para sus familias. No podemos permitir que las madres buscadoras sigan caminando solas en su dolor. Es urgente dotarlas de garantías de seguridad, fortalecer los mecanismos de búsqueda y sancionar a los servidores públicos que obstruyan o minimicen su labor.
El testimonio de cada madre es un grito que resuena en el corazón de un país que no puede seguir volteando la mirada. Su tristeza es la nuestra, su lucha también debería ser la nuestra. Es momento de pasar del discurso a la acción, de dejar de administrar el dolor y empezar a erradicarlo. Solo así podremos aspirar a un México donde las madres no busquen cuerpos, sino sueños cumplidos y abrazos pendientes.
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