Por: Daniela Álvarez

Hace unos días, justo en días en los que la gran mayoría de las personas estaban distraídas con los eventos propios de la semana santa ocurrió la sospechosa muerte del llamado feminicida de Iztacalco, al interior del Reclusorio Oriente, es más que una noticia inquietante: es un símbolo crudo de todo lo que está mal en el sistema de justicia de nuestra ciudad.

Su muerte, en circunstancias todavía no esclarecidas, revive el dolor de las víctimas, la impunidad que las rodea y el fracaso sistemático de las autoridades para proteger a las mujeres.

Durante años, este hombre vivió impunemente entre nosotras, a pesar de que había múltiples alertas, denuncias y pistas que pudieron haberlo detenido antes.

Las omisiones de las autoridades permitieron que continuara matando. Y cuando finalmente fue aprehendido, el discurso oficial celebró su captura como si fuera el final de la historia. No lo era. No lo es.

Con su muerte, no se garantiza la justicia, y lo más triste y grave es que se le arrebata a las familias la oportunidad de enfrentar al responsable, de escuchar una confesión, de obtener verdad.

La pregunta no es solo cómo murió, sino como convivio entre nosotros cometiendo sus abominables crímenes. Porqué estos gobiernos no vieron tantas señales.

¿Dónde estuvieron las instituciones que debieron proteger a las víctimas? ¿Qué pasó con los protocolos, las alertas de desaparición, la Fiscalía Especializada en Feminicidios? ¿Qué responsabilidad tiene el Estado en cada uno de estos crímenes que pudieron haberse evitado?

No podemos guardar silencio. No basta con promesas de investigar. No basta con boletines ni con condolencias vacías. Exigimos una investigación a fondo no solo sobre su muerte, sino sobre todo el entramado de omisiones y negligencias que lo rodearon desde el principio.

Las víctimas merecen justicia. Las familias merecen verdad. Y esta ciudad necesita, urgentemente, instituciones que respondan y prevengan, no que maquillen la realidad cuando ya es demasiado tarde.

Mientras tanto, la impunidad sigue siendo la regla. Y eso, también, es una forma de violencia. 

¡No olvidemos! Ellas exigen que sepa su verdad.


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