
Hace unos días, un colectivo de búsqueda de personas desaparecidas reportó el hallazgo de tres crematorios clandestinos en un lugar denominado Rancho Izaguirre, en el estado de Jalisco.
Las escenas que hemos visto evocan las peores épocas de la humanidad: cientos de pares de zapatos, ropa, documentos esparcidos en el terreno y tres hornos crematorios.
Aún falta conocer las historias de horror de las personas a quienes pertenecían esas prendas.
La crisis de las personas desaparecidas es una herida abierta que sigue sangrando. No hay forma de maquillar el horror.
Las cifras oficiales revelan un panorama desolador, pero lo más alarmante es que el gobierno parece más interesado en encubrir la tragedia que en enfrentarla.
En los últimos meses, la narrativa oficial ha intentado vendernos la idea de que los homicidios han disminuido.
Sin embargo, esta supuesta «buena noticia» no resiste el más mínimo análisis cuando se contrasta con el crecimiento alarmante de las desapariciones. Menos cuerpos, más personas que simplemente dejan de existir en los registros.
¿A dónde fueron? ¿Cuántos de estos desaparecidos son, en realidad, víctimas de homicidio cuya muerte se oculta en la opacidad de la burocracia?
El gobierno no solo ha sido omiso en la búsqueda de las víctimas, sino que ha abandonado por completo a sus familias.
Los colectivos de búsqueda, conformados mayoritariamente por madres que cavan con sus propias manos en busca de los restos de sus hijos, son el testimonio más doloroso de un Estado que ha renunciado a su obligación más básica: garantizar la vida y la justicia
Por si fuera poco, en lugar de reforzar los mecanismos de transparencia, el gobierno ha hecho todo lo posible por enterrar la verdad.
Insisto: no permitamos que el gobierno vuelva a desaparecer a los desaparecidos. Se lo debemos a todas esas madres, padres, hijos, hijas, hermanas y hermanos que aún viven en la incertidumbre y que, día tras día, se preguntan: «¿Dónde estarás?»
No desaparezcan a los desaparecidos.
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